sábado, 20 de junio de 2015

DON FERNANDO, EL GRAN CHINGÓN GUAY, ME COGIÓ EN SU APARTAMENTO SECRETO

Don Fernando, el jefe de mi mamá, me desfloró en su privado.

En una pequeña ciudad, a unos 100 kilómetros del Distrito Federal de México.


Me llamo Ana Mari, y soy la amante  -bueno, supongo que una de las amantes- de don Fernando  Matzumec, el jefe de mi mamá, su empresa es la principal fábrica de esta pequeña ciudad mexicana en la que todos nos conocemos
Todo pasó de una manera muy natural, casi sin darnos cuenta, aunque parezca una tontería decir esto. Hace falta conocer el ambiente de esta pequeña ciudad, todo son nieblas confusas, mensajes sobreentendidos, rumores, palabras musitadas, sonrisas reveladoras, miradas explícitas que te atraviesan.
Mi mamá es una de las secretarias de don Fernando. Hace un tiempo noté que me observaba no como antes, no como a una niña, sino con la mirada de deseo hacia una mujer que ya conocía de verla en los ojos de los chicos de mi colegio. Y me di cuenta aquel verano, cuando era evidente que siempre que estaba yo bañándome con mi mami en la piscina del rancho de don Fernando , éste aprovechaba cualquier momento para acercarse y fotografiarme, especialmente los días que yo llevaba aquel minibikini negro que me queda tan bien. Me divertía pensar la gran colección de fotos mías que debía tener el jefe de mi mami. Un día me confesó mi mami que desde que doña Juana, su segunda esposa, veinte años más joven, se separó de él, su jefe Fernando  siempre va eso que se dice “caliente”, y muchas veces se va a pasar un par de días a la capital, de la que vuelve siempre muy contento y alegre, por lo que mi mami supone que no va precisamente a encerrarse a rezar en el claustro de la catedral.
Y llego ya al núcleo del relato. Una noche que estuve durmiendo con mi mami, en el rancho de don Fernando porque habían trabajado en unos contratos con una empresa española, fui al lavabo, y coincidí con él en el pasillo, yo volvía y él iba.. Don Fernando  vestía solo un pantalón de pijama muy elegante, y yo una camiseta hasta el ombligo y unas braguitas estilo tanga. Realmente era impresionante, ya le había visto yo muchas veces en la piscina en bañador y sabía que está gordo, pero era muy diferente tenerlo ahora, tan cerca, de noche y en pijama. Se quedó mirándome sonriendo, sin dejarme pasar. Yo me quedé parada  con la mirada fija en un extraño tatuaje de águila y serpiente que don Fernando  tiene en el brazo derecho. Al final, se apartó, y al pasar a su lado me dijo en voz baja “¡Guapa!”, y me dio un pellizco en el culo. Yo me giré, sorprendida, y vi de nuevo su sonrisa satisfecha, mientras me hacía un gesto obsceno que nunca habría esperado de él, me señaló a mi, después a él mismo, y entonces introdujo un dedo en un círculo formado por dos dedos de la otra mano. Me quedé muy parada, lo entendí perfectamente, e instintivamente, sin pensarlo, le enseñé el dedo mayor de una mano con los otros cerrados en forma de puño. Pero él no se enfadó, como respuesta aún hizo algo peor, me enseño la lengua moviéndose y se tocó el pene como si se lo estuviese meneando. Entré en la habitación con el corazón palpitando, no me creía lo que acababa de pasar, mi mami dormía pero aunque estuviese despierta no podía explicarle nada de lo que había hecho su jefe, no pude dormir, cientos de imágenes me venían a la cabeza, entre ellas, naturalmente, las de don Fernando violándome en cualquier lugar de la casa.
Por la mañana, desayunando, yo evitaba mirarle y hablaba con mi mami, pero me di cuenta de que él no dejaba de observarme sonriendo. Y hasta me acarició la cara en un momento en el que mi mami no estaba.

Y, entonces, acercó su cara a la mía y me besó en los labios suavemente...
E, incluso, me estiró encima del sofá, abrazándome.
Yo sabía que no debía crear ningún problema, el jefe de mi mami es una de las personas más importantes y respetadas de esta pequeña. Le sonreí y me aparté. Oímos pasos, mi mami regresaba. Don Fernando  se quedó mirándome sonriendo burlón.

Me fui al colegio con la bici, mientras a él y a mami su chófer le llevaba a la fábrica. En un momento de descanso, en el patio, tomando el bocadillo, me di cuenta de que me había llegado un whatsapp a mi smartphone, que no había oído porque en el colegio es obligatorio tenerlos apagados o en silencio. Vi que el remitente era “Boss de mami”, y el corazón me dio un vuelco, y abrí el mensaje muy nerviosa. Y aún lo estuve más después de leerlo. Don Fernando  me decía:
“Mañana viernes no tenéis clase por tarde. Te espero con el coche en el Puente del Desconsuelo. Tenemos que hablar,  tu mami no estará, la envío a la capital a entregar los documentos de anoche. No faltes”
Me faltó la respiración. Una cita, don Fernando  me daba una cita para el día siguiente. Y no podía engañarme, los gestos de la noche anterior indicaban bien claramente sus intenciones. Pero tenía que arriesgarme e ir, si no lo hacía podía perjudicar a mi mamá. Y todo fue pasando como en una película, de forma automática, como si yo tuviese que obedecer el guión que un misterioso escritor hubiese diseñado, como si todo fuese inevitable…
Cuando salimos del colegio al día siguiente, el chófer de don Fernando  esperaba a mi mami para llevarla al Distrito Federal. Y yo  me fui caminando hacia el cercano Puente del Desconsuelo. Ya cerca observé estacionado uno de los coches de don Fernando , uno de los pequeños que pasa desapercibido. Suspiré, dudé, pero al final vi que don Fernando  me hacía gestos desde dentro del coche de que me apresurase. Creo que temía alguien le viese recogiéndome cerca del colegio sin mi mami. Yo iba vestida con una camiseta corta que me dejaba el ombligo al aire y un pantaloncito muy corto que dejaba todos mis muslos al aire, como llevamos todas las chicas este año. En los pies, un calzado deportivo, sin calcetines ni medias.
Abrí la puerta del pequeño auto y entré. Don Fernando  me sonrió, me pasó los dedos por el brazo e intentó darme un beso. Yo aparté la cara, pero sentí sus labios en mi mejilla. Mi corazón ya se puso a mil, todo estaba pasando muy rápido, la película avanzaba y yo parecía que no podía hacer nada más que interpretar mi papel. Arrancó, y por una calle secundaria nos dirigimos hacia uno de los barrios periféricos de la ciudad.
Unos diez minutos después, se paró delante de un edificio de apartamentos nuevo. Delante había una explanada y un bosquecillo que daba al riachuelo que cruza el sur de la población.  Pulsó un mando que llevaba en la guantera y se abrió la puerta del garaje. Descendimos por la rampa y estacionó el pequeño auto en una amplia plaza que debía ser la que tiene asignada. Paró el motor. Yo me quedé quieta. No habíamos dicho nada aún ninguno de los dos. Y, entonces, de golpe, me llegó el primer ataque. Don Fernando  se giró hacia mi, me atrajo hacia él e intentó besarme. Me resistí, pero fui cediendo, hasta que noté que sus labios se aplastaban en los míos, y con gran asco me di cuenta de que el jefe de mi mami introducía su lengua en mi boca. Introdujo su mano dentro de mi camiseta y me apretó un pecho. Grité y él me tapó la boca con la mano, riendo. Bajó del coche y me abrió la puerta. Salí sin dejar de mirarle, y de nuevo dirigió la mano a mis pechos, pellizcándome un pezón. Me tomó de la mano y casi me arrastró al cuarto del ascensor. Introdujo una llave y lo llamó. Entramos. Marcó el botón del cuarto piso y me sujetó por la cintura, dejando caer la mano hacia mi culo. Me aparté cuando me atraía hacia él. El ascensor se paró, él abrió la puerta y, sin dejar de agarrarme por la cintura, me llevó a una de las cuatro puertas del replano, el apartamento 4º 1ª, me acordaré toda la vida. Sacó otra llave,  abrió la puerta, entramos, cerró y se guardó las llaves en el bolsillo.
Estaba oscuro, don Fernando  abrió la luz, me llevó de la mano hasta el comedor. No era una vivienda muy grande. Supongo que lo justo para sus intenciones y aventuras. Subió la persiana para que entrase luz. Por el balcón se veía la explanada, el bosquecillo, la línea verde que marca el recorrido del río y, más allá, unos campos de cultivo y, lejos, los edificios de otra barriada popular de la periferia de la ciudad cercana a la fábrica de don Fernando . Eché una ojeada al apartamento. La puerta, un pequeño recibidor, la cocina a la izquierda, el comedor a la derecha con la salida al balcón, un pequeño pasillo que daba a un cuarto de baño sencillo, una pequeña habitación con una cama individual y un armario, y una habitación más grande con ventana al balcón,  en la que había armarios empotrados, dos mesitas de noche, una cama amplia de matrimonio, -me estremecí al verla-, un tocador y un mueble bar junto a un gran  televisor que colgaba de la pared. Don Fernando  me llamó desde el comedor.
Me esperaba sentado en la mesa del comedor. Había traído de la nevera de la cocina una botella de champagne francés de la única marca que conozco por haber visto que a veces don Fernando  se la bebía en la hamaca junto a la piscina de su casa. En la mesa había dos copas de cuello estrecho y cuerpo largo, una bolsa de patatas, unos mariscos, unos tacos de queso y una tortitas saladas.
-Respetemos las tradiciones, Ana Mari, -me dijo- las cosas chulas hay que celebrarlas como se merecen .
Dudé un poco, pero me atreví a decir.
-Bueno, ¿qué cosas buenas tenemos que celebrar, don Fernando ?
-No me vuelvas a decir don Fernando , soy el jefe de tu mamá, dime sólo Fernando , ¿De acuerdo, Ana Mari?
-OK, Fernando , como quiera.
-“Como quiera” no, has de decir “como quieras”, ¿entiendes, nena?
Asentí con la cabeza y dije.
-Como quieras, Fernando
-¡Así me gusta, cariño! Ya vas aprendiendo…
Sentí una extraña sensación al oír llamarme “cariño”.  Es lo que le dice siempre a mami…
-¿Y qué cosa buena celebramos, Fernando ? –repetí
El jefe de mami se puso a reír y me miró fijamente.
-La cosa buena eres tú, claro, ¿qué te pensabas?
Siguió riendo y yo noté que las mejillas me ardían. Don Fernando  volvió a reír y me dijo:
-Te has puesto roja, Ana Mari, venga, va, vamos a brindar.
Abrió la botella de champagne dejando escapar el tapón hasta el techo. Llenó las copas evitando que se hiciese mucha espuma e inició el brindis mirándome directamente a los ojos:
-¡Por Ana Mari,  la chica más guapa y simpática de la ciudad!
Hizo que su copa chocase con la mía, bebió e hizo que yo también bebiese todo lo que había en la copa. La verdad es que estaba fresco y muy bueno, a mi no me gusta el vino, pero este champagne pasaba como agua, tan fresquito y con sus burbujitas picantes. Volvió a llenar las copas, y las bebimos mientras comíamos de todo lo que había en la mesa. La verdad es que estaba muy bueno y yo tenía hambre, o sea que me lo acabé casi todo yo, don Fernando  también picaba, pero más bien se dedicaba a mirar sonriendo lo que yo hacía. Me sentía tranquila, la comida y la bebida me habían sentado muy bien , aunque tal vez estaba un poco mareada, tal vez demasiado, tampoco  había bebido tanto, me iría bien ahora sentarme un poco a descansar. Don Fernando  me dijo entonces, como adivinando mis pensamientos.
-Voy al dormitorio a descansar un poco, nena. Si quieres limpia la mesa un poco, nos ahorraremos trabajo cuando marchemos, y después vienes a descansar conmigo, ¿te parece?
Yo asentí con la cabeza, aunque no había pensado en ir al dormitorio a descansar, prefería el sofá del comedor, que se veía bien cómodo. Y, además, aún sentía el escalofrío y la extraña sensación que noté al llegar, cuando recorrí el apartamento y al entrar en el dormitorio vi la cama de matrimonio… Yo intuía, presentía que… Pero ahora aquellos pensamientos se iban, lo que me dominaba era la necesidad de descansar, tal vez de dormir un poco. Sí, seguramente había bebido demasiado champagne, no estoy nada acostumbrada a beber cosas con alcohol, mi mami y yo sólo tomamos normalmente refrescos y a veces agua.
Cuando acabé de limpiar el comedor, bebí un poco de agua. Miré por el balcón que las nubes se habían ido cerrando y tal vez pronto se pusiese a llover. Miré a mi alrededor y, no podía hacer otra cosa, me dirigí hacia la puerta del dormitorio, que estaba entreabierta. Igual don Fernando  se había echado a hacer la siesta y ya se había dormido. Entré… Había encendido la luz de la mesita de noche, porque la luz del día que entraba a través de las cortinas de la ventana era cada vez menor, parecía como si ya estuviese anocheciendo. Y le vi. Le vi y me sobresalté de la sorpresa. Tuve el impulso de salir corriendo, pero me quedé como paralizada. Don Fernando  estaba sentado en el borde de la cama, mirándome con expresión divertida, aunque a mi no me hacía ninguna gracia. Fumaba un cigarrillo que dejaba en un cenicero encima de la mesita de noche. Vestía un elegante batín, de color rojo, supongo que de seda, que llevaba abierto, de manera que vi todo su cuerpo, su pecho y su vientre recubiertos de un abundante pelo blanco, una barriga,. Y después de la barriguita… Lo vi…  Sentí como unas arcadas y ganas de vomitar… Allí estaba… En su pubis… Un pene potente, largo, ancho, erguido hacia arriba, sobresaliendo de unos testículos abultados como pelotitas en una larga bolsa que le reposaba en la parte superior de los muslos. Todo revuelto en un bosque de ensortijados pelos canosos… Y las piernas con los pies desnudos  reposando en la alfombra que había en el suelo… Se puso en pie y se me acercó sin cerrarse el batín, con todas sus partes al aire, yo retrocedí asustada. Me miró de forma muy extraña.
-No tengas miedo, Ana Mari, tranquila, no va a pasar nada malo, ven a descansar conmigo… -dijo mientras llegaba a mi lado y ponía la mano en mi hombro.
Yo cada vez estaba más atemorizada. Me acarició la cara, sus dedos eran largos, su mano estaba caliente y húmeda. Me llevó hacia él y me apretó contra su cuerpo. Intenté separarme, y me sujetó por la cintura con más fuerza, hasta que dejé de moverme, mientras don Fernando  me seguía mirando de manera que daba miedo, con una sonrisa que era como una burla. Entonces me di cuenta de que el hombre me había bajado los pantaloncitos cortos con una mano, mientras con la otra me sujetaba por la cintura. Cayeron al suelo, y quedaron al descubierto mis muslos y la braguita que cubría mi sexo. Entonces me soltó, se apartó medio metro y me miró.
-Estás buenísima, nena, pero eso ya lo sabes, ¿no? –me dijo mientras seguía observándome con una expresión asquerosa en los labios y los ojos.
Agarró el cigarrillo del cenicero y dio un par de caladas, exhalando el humo muy lentamente mientras seguía con los ojos fijos en mi, como si estuviese valorando qué hacer. Al final dejó el cigarrillo de nuevo en el cenicero de la mesita de noche. Me dio la espalda, y, en el borde de la cama, se quitó el batín, quedándose completamente desnudo. Vi su espalda, con el sorprendente tatuaje de un dragón y una corona en el omoplato, y el culo, con las nalgas fuertes y bien marcadas para su edad. Separó las sábanas y el cobertor de la cama, se giró –volví a verle desnudo por delante, con el pene aún más erguido que antes-, y se introdujo en uno de los lados de la cama de matrimonio, dejando evidentemente el otro lado para mi.
-Venga, va, Ana Mari, nena, no seas tonta,  que ya no eres una colegiala de párvulos, estás en preparatoria, venga, ya sabes, quítate la ropita y ven a acostarte conmigo, estamos solos y nos vamos a divertir, ya verás, guapa… - y mientras hablaba, me señalaba con la mano el lado libre del lecho, incitándome a ocuparlo.
Yo estaba muy nerviosa.  Poco a poco, temblando, me quité la ropa, me desnudé… Me acerqué a la mesita de noche. Señalé el cigarrillo encendido.
-¿Puedo…? –dije, alguna vez mi mami y yo habíamos fumado juntas riéndonos
Don Fernando  puso una cara de una cierta sorpresa, e hizo un gesto de asentimiento.
-Pues claro, nena, ya te lo puedes acabar. ¿Quieres que te encienda uno nuevo, cariño? –me ofreció.
Dije que no con la cabeza. Agarré el cigarrillo de don Fernando , hice dos caladas, y lo volví a dejar en el cenicero. Mientras tanto, el hombre había abierto la otra mesita de noche, había sacado una botella y dos pequeños vasitos, y me ofreció un poco de whisky. Alguna vez lo había probado, y no me gusta nada. Pero esta vez lo acepté, creo que lo necesitaba igual que el cigarrillo, tomé el vasito y me lo bebí de golpe. Seguía sin gustarme, pero noté un ardor agradable que me subía del estómago a la cabeza y que me quitaba parte de la sensación de pánico que me había invadido cuando don Fernando  me dijo que fuese a acostarme ya con él.
Me continuó mirando, esperando a ver que hacía yo ahora. Y tal como estaban las cosas, habiendo llegado hasta allí, yo sabía que sólo podía hacer lo que hice
No me podía creer lo que estaba pasando. Tal vez era el whisky el que me estaba dando ganas de empezar a reír, no sé.  El caso es que me acerqué al borde de la cama  completamente desnuda mientras don Fernando  dejaba de sonreír al verme  sin nada encima y me miraba con los ojos desencajados y expresión terrible en la cara. Ahora sí volvió a sonreír al tiempo que me señalaba de nuevo el lado libre del lecho y me dijo:
-Ven, nena, ven conmigo ya…
Me acerqué y me senté en el borde de la cama, de espaldas a don Fernando . Enseguida sus manos empezaron a acariciar mi espalda, mi cuello, y me estremecí cuando las pasó debajo de mis sobacos hasta tomar mis pechos y apretarlos como si fuesen dos pelotas de goma. Me tiró hacia atrás, hacia él, hasta que quedé acostad  en la cama a su lado. Se giró de costado a mi lado y empezó a acariciarme, besarme, lamerme… Sus manos siguieron jugando con mis pechos, apretando mis pezones, yo empecé a darme cuenta de que aquello me estaba gustando mucho, pasó los dedos por el estómago, jugó con el ombligo, bajó por el vientre, y, finalmente, empezó a acariciarme el pubis, el sexo, me hizo gemir cuando introdujo levemente sus dedos apretándome el clítoris, momento en que hasta grité del extraño placer que sentí. Y me lamió el sexo, metió dentro su lengua, uffff.....

Me puse a mil, me sentí morir de excitación, enloquecí...

Fue entonces cuando me separó los muslos después de acariciarlos por dentro haciéndome unas enloquecedoras costillas, y se colocó encima de mi, dejando caer todo su peso en mi cuerpo. Me besó, introdujo la lengua en mi boca, oí que musitaba con voz nerviosa:
-Te voy a follar, nena, ¿me dejas?
Yo no contesté, sólo volví a gemir y le mire aterrorizada pero muy excitada al mismo tiempo. Debía salir corriendo, pero sabía que nunca lo haría, no lo quería hacer, deseaba continuar.

-¿Me dejas que te folle, Ana Mari? –repitió-  No quiero que después me digas que te he violado a la fuerza… Si quieres lo dejo y no pasa nada, tranquila… ¿Me dejas que continúe?
Le miré,  hice un gesto de asentimiento con la cabeza, como autorizándole a seguir. Y conseguí decir algo:
-No me haga daño, don Fernando …
-¿Ya no te acuerdas, pequeña? –me contestó, dejando ir gotitas de saliva en mi cara al hablar tan cerca de mí- No me llames don Fernando , sólo Fernando…
-Por favor, Fernando , no… -gemí de nuevo mientras mi cara, mi cuerpo, mi piel ardía y enrojecía de excitación y miedo
Y entonces él pareció ya enloquecer, perder el control, satisfacer todos sus deseos. Dio una especie de rugido y empezó a zarandear mi cuerpo con una fuerza terrible mientras hacía conmigo cosas que nunca pude ni imaginar en un hombre como él, el jefe de mi mami. Yo me agarré a él, me abracé a su cuerpo, sentí su pecho apretando mis tetas, su vientre contra el mío, su pene refregándose claramente encima de mi sexo, crucé los muslos apretando los suyos y sus caderas, apreté su culo con mis manos, noté su aliento a tabaco invadir mi boca cuando me besaba, sus colmillos clavándose en mi cuello cuando me mordía como un vampiro mientras emitía una especie de gruñidos de diablo cuando el mordisco bajaba a mis pezones, los pelos d su barba mal afeitada se clavaban en la piel de mi cara, yo sudaba, lloraba, gemía, reía, mientras ya retumbaban, aún lejos, los truenos de una tormenta que bajaba de las montañas…
Sí, don Fernando  parecía un demonio, una bestia fuera de control, me besaba y mordía  la boca, el cuello, me lamía y yo a él, me chupaba y mordía los pezones de los pechos  todo aquello me gustaba mucho, el jefe de mi mami era un monstruo que abusaba de mi pero sabía lo que tenía que hacer para que yo también gozase como nunca había podido imaginar, era terrible de ahogo y placer sentir todo su peso encima de mi, su vientre aplastado en el mío –sí, allí notaba que estaba también bien vivo y activo el pene de don Fernando -, su culo saltando adelante y atrás… Noté que sudaba mucho más que yo, me mojaba y me impregnaba de todos sus olores de perversión y lujuria de viejo crápula follador,  yo también conseguía moverme aunque su cuerpo me oprimía como si tuviese un elefante jugando encima de mi… Don Fernando  gemía y murmuraba cosas terribles que yo no acababa de entender del todo…

Y me di cuenta, de golpe, sorprendida, que sin apercibirme del todo, algo se metía ya en mi sexo, algo penetraba en  mi vientre… Pensé que eran los dedos de don Fernando , como antes, pero, no, no podía ser, claro, sus dos manos estaban en mi cuerpo, en todas las partes de mi cuerpo, sujetándome, maltratándome y jugando conmigo, aquello que se metía, aquello que se metía, sí, claro, aquello que se metía en mi vientre, no era ningún dedo, era mucho más grande, era, era, ¡sí!, ¡era el miembro enorme que salía del vientre don Fernando !…

¡Oh, noo, claro !, ¡Era su pene!  Sí, me estaba metiendo su gran palo, noté, asustada, horrorizada, que se abría paso, que estaba entrando en mi sexo, que era algo enorme, muy caliente y duro que se estaba introduciendo en mi cuerpo muy lentamente, cada vez más, estaba impresionada, paralizada, si,  el momento  que miles de veces me había imaginado sin saber cómo sería había llegado, el hombre me la estaba metiendo, me estaba desvirgando, me estaba penetrando, me abría la entrada de la vagina, paraba, apretaba… 
Me quedé paralizada, sin respirar, abrí los ojos, a punto de gritar, noté que me llegaba el pánico, el miedo, que debía de huir, pero no podía moverme, estaba quieta, le dejaba hacer, no sé qué me pasaba, estaba inmovilizada…Y, de pronto, sin que pudiese pensar en nada, sin poder reaccionar, un pinchazo en mi vientre,  como si algo se hubiese clavado dentro de mí.  Y dolor, mucho dolor. Dejé ir una especie de ¡aayyy!, que era entre un grito aterrorizado que se transformó en un prolongado  gemido de desesperación, mi cuerpo se estremeció y crispó en una rígida convulsión, tiré la cabeza hacia atrás, apreté mis labios, volví a quejarme y llorar, pero el pene de don Fernando seguía metiéndose en mi vientre hasta lo más hondo de mi vagina, y me hacía daño, mucho daño mientras se introducía,  de mi boca y de mi alma salieron gritos desgarrados que el hombre  silenció tapándome la boca con una mano mientras con la otra agarraba mi culo y lo apretaba contra su sexo, como ayudándose a clavar su pene aún mas en mi vientre, mientras yo sentía dolor, pánico, desesperación y notaba correr por mi cara las babas que se escapaban de excitación y placer de la boca del hombre…

Ahora, don Fernando  se aprovechó a fondo del momento de su triunfo, ya me había desvirgado e introducido todo su pene en mi vagina hasta apretar ya su pubis contra el mío mientras yo chillaba de dolor y terror,  me besó por todas partes, buscó mi lengua hasta morderla, me lamió la cara, me mordió con más fuerza el cuello hasta casi clavarme los colmillos, me chupó y devoró las tetas, me hizo todo aquello que  le  gustaba y le daba más placer, y empezó a moverse arriba y abajo, y  su pene, entraba y casi salía de mi sexo, entraba y salía, entraba y salía, penetraba más profundamente hasta casi reventarme y  volvía a salir al tiempo que su cara ardía y temblaba en una expresión satánica que daba un miedo mortal… Y rápidamente se fue produciendo un cambio que no me esperaba,  todavía notaba mucho dolor cuando volvía a meterla hasta el fondo, pero me di cuenta de pronto de algo espantoso: a mi me gustaba sentir su pene dentro de mi cuerpo, era como un escozor indescriptible de dolor y placer notar el pene del jefe de mi mami moverse adelante y atrás dentro de mi vientre, especialmente cada vez que llegaba al fondo de todo,, el dolor intenso que me dejaba sin respiración se mezclaba con un placer que me hacía agarrarme a su cuerpo con toda la fuerza que podía,  todo el peso de su cuerpo encima del mío me ahogaba, pero me gustaba morir aplastada por él,, saltaba arriba y abajo follándome como un perro o un caballo, me movía por toda la cama  al moverse enloquecida y salvajemente él, se aplastaba contra mi, gritaba como una fiera salvaje, me continuaba besando, mordiendo,  y yo, y yo, moría, temblaba, sudaba, no respiraba, gemía, chillaba….
Nunca  había estado tan desquiciada, tan excitada, tan aterrorizada como sintiendo el gran pene de don Fernando  moverse dentro de mi cuerpo en aquel frenético entrar y salir… Me abracé con desesperación  al jefe de mi mami palpando y apretando todas las partes de su cuerpo ardiente, él continuaba moviéndose y saltando encima de mi gritando de forma cada vez más salvaje, respiraba jadeando como si le faltase aire, le besé, le mordí el cuello, apreté su culo contra mi vientre, casi hasta hacerme aún más daño cuando parecía que me iba a atravesar, me moví arriba y abajo, arriba y abajo, adelante y atrás, adelante y atrás, acompasando mis movimientos a los suyos. Era formidable y horrible, increíble y alucinante, su pene no dejaba de ensanchar mi vagina frotándose contra sus paredes, entrando y saliendo hasta hacer que esta se adaptase a él, entrando y saliendo una y mil veces, don Fernando Matzumec jadeaba agotado de exasperación, gemía, me miraba con ojos asesinos, cerraba los ojos y babeaba tomando aire para continuar, me bañaba con su sudor, yo también seguía sudando, me gustaba y me dolía, no puedo explicar bien con lo que sentía, el placer de mil perritas folladas por lobos y los escalofríos de la muerte…
Inesperadamente, de golpe, como un relámpago, don Fernando dejó ir un gemido más alto, casi como una queja desesperada, un estertor inhumano de bestia moribunda, como si algo explotase dentro de él… Se quedó quieto un momento, su cuerpo se puso como rígido, como duro, y luego empezó a moverse encima de mi saltando y gritando, muy acelerado, soltando espuma de saliva por la boca que caía en mi cara, mi cuello, mis tetas, yo sentía llegado ya el momento final, moría de placer, dolor, terror y sorpresa, ni él ni yo podíamos respirar, su pene entraba y salía de mi sexo a gran velocidad, me zarandeaba arriba y abajo y me aplastaba como si veinte caballos salvajes estuviesen galopando furiosos encima de mi, me maltrataba y yo reventaba y moría de dolor y placer, nunca lo había imaginado así…

Don Fernando   empezó a gruñir aún más alto, gritaba, me llamaba puta y zorra, se ahogaba como si le estuviese dando un ataque al corazón,  me di cuenta, sorprendida, de  que cada vez que ahora él pegaba uno de los tremendos empujones hacia adelante, clavándome el pene hasta lo más hondo que le permitía mi sexo de adolescente, un líquido muy caliente me entraba a borbotones, como un río que estaba inundando el interior de mi vientre, me notaba mojada, un mar ardiente desbordaba de la vagina y me salía del sexo hacia los muslos y las sábanas… Me di cuenta de que el hombre se estaba “corriendo” en medio del más brutal orgasmo y explosión de placer infernal y yo clavé mis uñas en el cuerpo del jefe de mi mami, en su espalda, en su culo,  y también exploté, grité enloquecida, gemí desesperada, me quejé, me puse a jadear ahogándome, me moví tan rápida y salvajemente como él, le besé, le mordí en el pecho, en el cuello…
Mil demonios nacían y explotaban  también dentro de mi, no podía respirar y perdía el conocimiento asfixiada, y aquello seguía, seguía, ahora era yo quien movía al viejo al saltar arriba y abajo sin parar, hasta que me di cuenta de que estaba empezando a quedarme quieta, ya no podía más, mojada como si estuviese dentro de una piscina, poco a poco me calmaba y dejaba de moverme,  don Fernando  ya estaba quieto encima de mi, como muerto pero respirando con mucha dificultad, sin aire en los pulmones, aplastando mi cuerpo con el peso del suyo,  los dos nos asfixiábamos desesperados  bañados de sudor… Yo le estaba acariciando la cabeza, estaba mojada por dentro y por fuera, sucia de sudor, que un líquido caliente salía de mi vientre, mezcla de sangre de mi sexo desgarrado y semen de su pene, el hombre estaba inmóvil, encima de mi,  intentando tomar aire y respirar… Por un momento temí que don Fernando  acabase finalmente muriendo de placer y agotamiento allí, con el pene todavía dentro de mi cuerpo y sus arterias del cerebro y el corazón reventadas por la tensión del tremendo orgasmo al que había llegado desvirgándome y follándome con toda la violencia de la locura y el deseo…
Todo fue quedando en silencio, él aún jadeaba y suspiraba,  pasó un tiempo, unos minutos  y lo aparté un poco, hice que se pusiese de lado para poder respirar yo mejor, su peso aún me aplastaba, sentí como su pene, ya desinflado salía de mi sexo al moverlo de encima de mi…

Se quedó pegado a mi cuerpo puso su mano en mi sexo y se dedicó a chuparme el pecho que le quedaba más cerca de la boca, después el otro, yo me atreví a coger su pene con la mano, a palpar sus testículos… Don Fernando  dejó ir una especie de ronroneo de gato viejo y feliz, hasta que se quedó quieto, giré mi cara para buscar la suya y vi que se había dormido, su aliento daba en mi cuello, el calor de su cuerpo cubría de lado el mío, llevé su mano a mi sexo y la dejé allí, me toqué, me toqué allí y en las tetas…
Pasó un rato largo hasta que pude reaccionar y empezar a moverme. Estaba cansada, muy húmeda de sudor, saliva, semen, sangre, desgarrada, agotada, me costaba respirar, dolorida, muy dolorida en la zona del vientre, me hacía daño el sexo, la vagina, las tetas, los pezones pellizcados, el cuello y la cara mordidos.  Me levanté sigilosamente, salí de la habitación sin hacer ruido para no despertar a don Fernando , el hombre que me acababa de follar  y me fui hacia el lavabo del apartamento… Me miré en el espejo del cuarto de baño. Estaba hecha un desastre, despeinada, los ojos llenos de lágrimas, llena de sudor, con las babas y la saliva del viejo en mi cuerpo, el dolor que no cedía y un escozor creciente en mi vagina irritada, mis muslos manchados del semen mezclado con sangre que salía de mi sexo y corría hacia abajo por las piernas… Sí, lo había hecho por primera vez, al final el jefe de mi mami había conseguido lo que yo imaginaba hacía tiempo que pretendía hacer conmigo, desvirgarme y follarme bien cogida… Lentamente entré en el baño y abrí el grifo de la ducha para limpiarme un poco…
Cuando volví a la habitación, don Fernando  continuaba durmiendo bastante ya más tranquilo, respiraba mejor, pero aún roncaba de forma intermitente, como si en algún momento dejase de respirar. Su pene, muy ancho y largo, estaba ahora flácido entre los dos muslos, pasando por encima de sus grandes testículos cubiertos de pelos blancos. Un líquido blanquecino aparecía por la abertura que dejaba su prepucio  para permitir la salida del glande. En el lugar en el que estaba yo, una mancha viscosa blanca y roja marcaba el lugar por donde el semen del hombre y la sangre de mi himen habían salido de mi vagina y escapado entre los muslos hacia la sábana. Suspiré y  me di cuenta de que ahora sentía asco y vergüenza de mi misma al ver al viejo que acababa de follarme y hacerme todo lo que quería, pero al mismo tiempo notaba una indescriptible excitación al contemplar desnudo el cuerpo del hombre que me acababa de follar. Me puse la braguita y me asomé a la ventana. Llovía intensamente.
Estuve un rato largo mirando cómo la calle se inundaba de agua, e incluso el fulgor de un relámpago y el estruendo del trueno del rayo cercano me cegó por unos momentos e hizo retumbar todo el edificio. Momentos después noté que alguien me agarraba por la cintura y me apretaba un pecho al tiempo que me mordía en el cuello. Me volví. Don Fernando , que se había despertado por el trueno, me atrajo hacia él, me estrechó en sus brazos y volvió a besarme. Al cabo de unos momentos, me tomó de la mano y me condujo de nuevo hacia la cama.

Me dejé llevar, se estiró en la cama y me colocó encima de él...  Mis muslos abiertos con las piernas flexionadas y mi vientre apretando su sexo.. 
Justo cuando estalló otra vez un trueno terrible después de la caída cercana de un potente rayo, su pene empezó de nuevo a penetrar en mi vientre mientras con las manos apretaba mis tetas con una fuerza que me hacía mucho daño…

Después de follarme de nuevo, don Fernando se separó de mi... Yo quedé encima de la cama, recuperando la respiración... Y notaba el semen del hombre escurrirse de mi sexo hacia mis muslos...

Dos horas después, ya vestidos, estuvimos un rato sentados  en sofá del comedor, él me acariciaba, me daba besitos y me mordía los pezones de los pechos mientras pasaba su mano por mis muslos, mi cintura, mi sexo…  El jefe de mi mami al final me dijo que ya era tarde, que tenía que volver a la fábrica porque tenía que arreglar unos asuntos antes de que acabase el día. Nos fuimos en su coche. La tormenta había pasado y volvía a lucir el sol de la tarde.  Casi no hablábamos, tan solo me tocaba los muslos y me sonreía como burlándose un poco de mi. Cuando me dejó cerca de mi casa, me dijo que me avisaría para volver a vernos discretamente en cuanto fuese posible.

Y nos seguimos viendo, claro. Sin esperar mucho, me llamó al día siguiente, claro, al parecer lo había pasado muy bien desflorándome. Y así hasta hoy, en que nos vemos casi cada día, follando en la habitación de su apartamento cuando salgo de clase al mediodía o en la tarde cuando mami está en la oficina de la fábrica trabajando mientras su jefe don Fernando me coge, me penetra y me posee tan enloquecido como la primera vez.. 



RELATO GRÁFICO