jueves, 13 de diciembre de 2012

LAS DOS ADOLESCENTES Y LOS SENEGALESES

Y LAS DOS ADOLESCENTES FUIMOS DESVIRGADAS POR NUESTROS AMIGOS SENEGALESES





Martes
Esta tarde nos hemos sentido por fin maliciosamente atrevidas y excitadas, nos hemos dejado de miedos y dudas y hemos ido a dar una vuelta por la playa buscando a Wukbo y Kengwo, dos negros senegaleses, camareros del bar más grande del barrio y amigos nuestros porque hemos bailado varias veces con ellos en la discoteca Gresca en las sesiones de los sábados por la tarde. Enseguida les hemos encontrado, estaban tomando una cerveza en una terraza, y, tal como esperábamos,  nos han invitado a sentarnos con ellos.
Creo que Wukbo va por Paula, siempre se la está mirando cuando vamos a comprar un bocadillo y le hace unos comentarios que, ya, ya… Ella siempre se hace la longuis, la despistada, pero a mí me ha dicho muchas veces que también va por él, que lo encuentra más guay que nuestros compañeros del instituto, que son unos chavales maleducados muy infantiles...
Como estamos de vacaciones, hemos aceptado su propuesta de encontrarnos en casa de Paula para ir mañana por la mañana los cuatro a la playa, y después iremos a comer a un burger. Será chulo, espero, aunque a veces cuesta un poco aguantarlos, sueltan cada rollo como si nosotras fuésemos tontas y no supiésemos que en realidad quieren  acostarse con nosotras y follarnos… Lo que no se imaginan es que las dos nos excitamos desde que les conocemos contándonos la fantasía de que nos vamos a la cama con ellos y nos desvirgan...

Miércoles
Por la mañana he ido a casa de Paula. Su madre trabaja fuera, se va a las siete de la mañana y no vuelve hasta las nueve de la noche. Su padre vive en Francia, está divorciado de su madre y vive con una chica rumana que era camarera en el bar al que iba a almorzar cada día. Ya estaban los dos senegaleses esperando en la calle, habían ido juntos, y nos hemos ido a la playa como habíamos quedado. Iban con camisas playeras de colores africanos y pantalones anchos chinos de cintura caída. Gafas oscuras y gorras de béisbol. Sandalias de goma en los pies.
Al final los africanos nos han llevado en su auto a una playa casi desierta unos veinte kilómetros al norte de nuestra ciudad, donde entre semana sólo suele haber turistas, la mayoría rusos o alemanes, que están en las casas que hay más allá de la vía del tren que pasa junto a la playa, porque en las de nuestra ciudad podríamos encontrarnos a compañeros y harían bromas de que vamos de pareja con los dos negros, y al día siguiente lo sabría todo el mundo y dirían que follamos con ellos. Ya sabes, aquí le gusta chafardear e inventarse historias de sexo. A ellos les daba igual que alguien les viera con nosotras, siempre van por la calle con chicas blancas muy guapas, pero nosotras medio nos escondimos en los asientos hasta que salimos de nuestro barrio.
Paula y yo nos hemos puesto dos minibikinis, de cintitas, para hacer rabiar a los tíos. Nos sientan muy bien, las dos somos eso que se dice esbeltas, con las formas bien marcadas. Una chica del conservatorio que presume de lesbi nos dijo hace poco que estamos muy buenas las dos.
Kengwo llevaba un bañador casi hasta la rodilla, supongo que para taparse la barriga, está bastante gordo, no como Wukbo que, aunque también tiene barriguita,  iba con uno tipo slip, seguro que para hacerse el chulo, igual que nosotras nos hemos puesto los minibikinis para hacerles sufrir.
Paula, claro, se ha aparejado enseguida con Wukbo, como si fuese lo más normal del mundo, y Kengwo se ha venido conmigo, era evidente que los dos habíamos de ir también de pareja, además el africano no dejaba de mirarme las tetas y los muslos.
La verdad es que, aparte de ser un chulo, Kengwo está mucho más grueso que Wukbo, aunque éste tiene un culo muy gordo… Es curioso, yo que estoy bastante delgada, me he dado cuenta desde pequeña de que me gustan los chicos gorditos, como Kengwo. No tiene lógica, no quedan bien con esas grasitas, no lo puedo explicar, pero es así. Bueno, tal vez se debe a que siempre, desde que nací,  estuve enamorada de mi tío Esteban, que es un hombre mayor alegre y bastante gordo. Tal vez sea eso, no sé, pero los  gorditos me excitan mucho más que los chicos que van todo el día presumiendo de sus músculos o de su cuerpo de deportistas.
Lo hemos pasado muy bien bañándonos, tomando el sol, jugando en la arena, tirándonos las toallas, volviéndonos a bañar, como si los cuatro fuésemos todavía críos de primaria. Los senegaleses han querido portarse bien y nos han comprado un helado. 

Paula y yo nos hemos mirado riéndonos, son tíos bastante mayores que nosotras pero se comportan como chicos de nuestra edad, y quedan algo ridículos, claro, se nota mucho que quieren ligar con nosotras, y nos hace mucha gracia. Los dos africanos no dejaban de mirarnos, eso lo notábamos claramente Paula y yo riéndonos por lo bajini, y -la idea ha sido de Paula, pero a mí me ha divertido también-, cuando hemos vuelto a poner las toallas en la arena para tomar el sol después de bañarnos, Paula y yo, para hacerles sufrir más a los dos, hemos hecho lo mismo que la mayoría de las  chavalas que están en esta playa tomando el sol al lado de alemanes o rusos de edad bastante elevada, nos hemos quitado la parte de arriba del bikini, y nuestras tetas han quedado al aire. Paula las tiene un poco más grandes que yo, pero las de las dos parecen montañitas rectas de carne hacia adelante como si fuesen unas peras acabadas en punta en los pezones.

Es muy divertido ver como los dos tíos clavan sus ojos en nuestros pechos, pero lo peor ha sido que me ha dado un ataque de risa cuando Paula me ha dicho en la oreja que me fije en los bañadores de los dos negros, en los que hay como un bulto mucho más grande que antes.
Las dos nos reímos mucho al ver que como se habían excitado, la polla se les había puesto enorme, y se mosquearon porque no sabían qué es lo que nos parecía tan gracioso...
Luego nos pidieron que les pusiéramos crema en la espalda, para no quemarse, y la verdad es que noté que me gustaba mucho acariciar la espalda de Kengwo, y luego extender la crema, notando su piel caliente en mis dedos, aunque yo creía que los negros no necesitan ponerse crema en la playa para no quemarse la piel. Debía estar equivocada.  

Estuve un rato haciéndolo y era guay, como darle un masaje, iba pasando mis manos por su espalda, desde el cuello hasta donde empezaba el bañador -sí, Kengwo también tiene un culo muy grande-, él cerraba los ojos y se hacía el dormido, como un niño pequeño, mientras Paula hacía lo mismo con Wukbo, lo hacía mejor que yo, dice que su madre le enseñó a dar masajes, que ya me explicará cómo se hace para relajar a la gente.
Después me puse a tomar el sol tumbada en mi toalla en la arena, ellos parecían dormidos, y yo casi me dormí, vuelta de espaldas al sol, cuando, al cabo de un rato,  noté algo fresco en la espalda, giré un poco la cara, y vi que Kengwo me estaba ahora poniendo crema antisolar en la espalda a mi, me dijo con voz bajita que me iba a quemar, y vi también que Wukbo  se la estaba poniendo a Paula.
Me gustó mucho sentir como el hombre me pasaba la mano por la espalda, desde la nuca a la cintura, y llegó a bajar la mano hasta apretar la parte de mis nalgas que quedaba fuera del pequeño bikini. El negro llegó a acariciarme suavemente mis tetas desnudas que quedaban como aplastadas contra la toalla, pero no me di por enterada, me hice la dormida, igual que Paula, incluso cuando sus dedos jugaron unos instantes con mis pezones, hasta que, de pronto, se levantó y se fue a tirar de cabeza al mar, donde ya estaba Wukbo. Supongo que se pusieron tan calientes que se alejaron de nosotras para refrescarse en las olas.  
Después los dos negros volvieron mojados a la arena, se tumbaron en las toallas a nuestro lado y  medio se durmieron igual que nosotras, aunque me di cuenta de que Kengwo estaba girado de lado hacia mí y no dejaba de mirar mi cuerpo desnudo...

Hacia la una más o menos, hacía ya mucho calor, nos habíamos bañado otra vez y habíamos vuelto a jugar en el agua y la arena, y, entonces, Paula dijo que fuésemos a su casa en vez del burger, ya sabíamos que hasta las diez o las once de la noche no volvía su madre, nos podíamos hacer unos bocatas para comer y luego podíamos bailar un rato -a Paula le encanta bailar, igual que a mi, aunque a Wukbo parece darle algo de corte, es un poco patoso-, y así les enseñaríamos a hacer bien los pasos de baile más modernos, cosa que pareció entusiasmar a Kengwo, que se considera el rey de las discotecas.
Wukbo  pareció dudar, él prefería ir a comer a un buen restaurante que había allí cerca, en la misma zona, propiedad de una familia argentina amigos suyos,  pero Kengwo, al que ya he dicho que encantaba la idea de Paula, habló con él, le dijo algo a la oreja sonriéndole, y pareció convencerlo rápidamente, porque Wukbo  nos miró y se puso a reír. Paula y yo sabíamos porqué reían los dos africanos, pero, lejos de preocuparnos,  nos encantaba provocarles e imaginar lo que podía pasar entre los cuatro en casa de Paula.  Nos pusimos la parte de arriba del bikini y las camiseta, subimos al coche de Kengwo y volvimos al piso de Paula, que queda muy cerca de la playa de nuestra ciudad.
Allí decidimos que ella y yo prepararíamos los bocatas y la bebida, y ellos se empeñaron en preparar una sala, un “puticlub”, dijeron, para enseñarnos bailes africanos a la Luna, según nos explicó Kengwo. Añadió que el comedor era muy grande, tenía demasiada luz natural, así que eligió un dormitorio que da a una calle lateral, para preparar lo que él  llamaba el puticlub.
No nos dejaron entrar, dijeron que sería como una sorpresa, y cuando acabamos de preparar los bocatas, ordenamos la mesa de la cocina para comer y esperamos, divertidas para ver la sorpresa que nos preparaban los tíos, especialmente la idea parecía ser de Kengwo. Salimos al comedor para avisarles que vinieran a comer, y  el “puticlub” estaba cerrado, pero se oía música  dentro, reggae caribeña y africana de tambores rítmicos, aunque bajita, cómo para que no la oyéramos nosotras.
Llamamos a la puerta, y oímos la voz de Kengwo gritándonos que no entráramos. Les dijimos que vinieran a comer, y Kengwo nos dijo, también a gritos, que nos fuéramos a la cocina a esperarles, que ya iban, pero que no nos quedásemos en la puerta del “puticlub”, como lo llamó el negro. Nos volvimos, y Paula me comentó riendo con picardía que era la primera vez en su vida que un tío la enviaba a la cocina, y que se lo perdonaba porque nos querían dar una sorpresa.
Me dijo también que le pareció ver que Kengwo salía de su habitación. Paula me dijo que si los encontraba curioseando en su habitación la iban a oír, que sus cosas no las tocasen. Al cabo de un ratito, paró aquel sonido de fondo de reggae mezclado con ritmos de tambores africanos, se oyeron unos pasos, y los senegaleses entraron en la cocina. Los dos nos miraban sonriendo maliciosamente, Kengwo nos dijo que el puticlub estaba cerrado, que de momento no entrásemos. 

Les seguimos la broma, y les dijimos que esperaríamos a que nos invitasen, y nos pusimos a hacer bromas mientras empezamos a comernos los bocatas y a beber unas cervezas heladas, la madre de Paula tiene birras en la nevera, normalmente quiere que Paula tome sólo refrescos, pero ahora nos aprovechamos y nos bebimos dos cada una. Yo les dije que parecía que estuviésemos casados, allí las dos parejas comiendo juntitos, y Kengwo me guiñó el ojo y me dijo que no me preocupase, que enseguida lo estaríamos. Paula y yo nos miramos, confieso que muy excitadas al oírle, y nos pusimos a reír como unas tontas.
Cuando acabamos de comer limpiamos la cocina, fuimos hacia el comedor, y los dos africanos nos dijeron que nos sentásemos, que ellos se iban al puticlub y que cuando nos avisasen, entrásemos e hiciésemos lo que nos ordenasen.
Nosotras ya estábamos intrigadas ante tanto misterio, nos miramos la una a la otra, y les obedecimos, sentándonos en el butacón del comedor.
Al cabo de unos cinco minutos, después de oír unos pasos apresurados y unos ruidos, medio se entreabrió la puerta del puticlub y, de refilón, sin que le viésemos, oímos que Wukbo  nos decía que teníamos que entrar, cerrar la puerta y sentarnos. Nos miramos las dos, nos encogimos de hombros, y fuimos hacia la habitación.
Entramos y cerramos la puerta. Oscuridad.  

Los ojos se nos acostumbraron y vimos dos sillas iluminadas por una linterna. Nos sentamos.
Una voz. Es la de Kengwo, pero con una entonación ronca, como la de un chamán, un santón. Nos anuncia que se va a celebrar la “ceremonia del sacrificio de las vírgenes en la guarida del león”. La voz de Kengwo pide disculpas por las dificultades de material, dice que solo tienen lo que encontraron en esa habitación y en la de la “señorita Paula”, a quien “agradecen su colaboración”. (Paula me dijo: “Qué cara, me han registrado la habitación y ahora me agradecen la colaboración…”) Se apagan las linternas, se encienden unas luces rojas que iluminan el espacio entre la cama y la pared…  Se empieza a oír una música africana muy suave y rítmica, que nos hipnotizaba. Y unos tambores… Cuando la música está más fuerte, de golpe, salen a la zona iluminada por la luz roja los dos negros, con unas sábanas como túnicas africanas  y unas toallas simulando turbantes árabes.
Los dos senegaleses empiezan a bailar al estilo de las tribus africanas como a veces hemos visto en reportajes de la tele. Las dos nos miramos y nos reímos, lo hacen muy bien, se mueven de una manera muy sexy, estamos muy sorprendidas, no nos esperábamos esto, pero nos gusta mirarles, parecen otros, muy excitantes y muy, muy, provocadores cuando se ponen delante de nosotras moviendo el vientre como si se estuvieran follando a unas chicas invisibles. Paula me dice a la oreja que después lo haremos nosotras, que lo hacemos mejor. Yo le digo que no con la cabeza. Ella me susurra que no sea tonta, que ha bailado salsa caribeña y ritmos afroamericanos muchas veces con una vecina suya mulata dominicana, que la mire y la vaya siguiendo.
Los negros se quitan poco a poco el turbante, después la túnica, los pantalones, la camiseta, mientras nosotras nos dejamos llevar por la música acompañando con palmadas el ritmo de tambores, hasta que se quedan sólo con los bañadores que llevaban en la playa esta mañana, y unos pañuelitos de seda que han encontrado en la habitación de Paula al cuello. La verdad es que están divertidísimos, sobre todo Kengwo, moviendo la barriga al son de los tambores,  las dos nos estamos volviendo locas de excitación al verlos bailar de forma tan sexual.  Después de una breve pausa, Kengwo miró a Wukbo, que le hizo un gesto con la cabeza asintiendo. Kengwo le volvió a musitar algo, e hizo gestos de ir a continuar bailando, llevándose las manos a la cintura. Nunca me podía haber imaginado a Kengwo de esta manera. Entonces, Wukbo, riéndose, nos miró e imitó todos los gestos que Kengwo iba haciendo, bajándose a poco a poco el bañador, hasta que Paula y yo, primero a Kengwo y luego a Wukbo,  les vimos asombradas el sexo, el  gigantesco pene, las pollas que eran como unas pequeñas trompas de elefante, hacia adelante y hacia arriba, más larga y estrecha la de Kengwo y algo más corta y gruesa la de Wukbo. Yo sentí mi cara arder, si hubiese luz normal se me vería la cara roja, seguro que me había ruborizado. Debajo de las pollas de los africanos se veía, en medio de pelos ensortijados, los testículos, las de Kengwo colgaban más hacia arriba redondos como pelotas de tenis y los de Wukbo más abajo y eran como más anchos...
Los dos senegaleses continuaron bailando con los bañadores en la mano, sacudiéndolos como una banderola, al tiempo que se movían de aquella manera hacia adelante y hacia atrás, como si estuvieran, tal como dije antes, follando, mientras sus penes, rectos hacia adelante, yo diría que cada vez más grandes, oscilaban libres arriba y abajo cuando ellos movían sus vientres.
Cuando la música acabó, Kengwo lanzó un alarido ululando al estilo de los guerreros de sus tribus, y, tal como yo recordaba haber visto que hacían los hombres en las fiestas guarras en alguna peli porno que habían puesto mis amigas,  me lanzó el bañador.  Yo lo agarré, al tiempo que Wukbo pegaba un aullido  y lanzaba el suyo a Paula.  Ella lo tomó, se lo pasó por la cara, como hacen las tías en las pelis, e hizo que yo hiciera lo mismo. Los dos africanos se quedaron quietos mirándonos, parecía que no se decidían a tirarse encima de nosotras, aunque las dos lo estábamos deseando, nos habíamos vuelto completamente locas al ver a los dos negros desnudos con los penes hacia arriba. Supongo que también era el efecto de las dos cervezas, que nos habíamos tomado cada una con el bocadillo Nos pareció oír que Wukbo  le decía a Kengwo que no podía esperar más, y que Kengwo, le decía algo así como que él tampoco.
Paula se puso en pie, me tomó de la mano y me dijo: “Va, ahora, nosotras, ¿no?”

Y empezó a bailar, suavemente, dejándose llevar por la música africana, yo estaba quieta, hasta que ella me llevó junto a ella del brazo y me hizo gestos de que bailase, y yo empecé a imitar todos sus movimientos, mientras los negros, desnudos, pasaban a nuestro lado y se sentaban donde antes estábamos nosotras, ahora ellos eran los espectadores, y así, poco a poco, moviéndonos lentamente pero con el ritmo de la música africana y caribeña, siguiendo los tambores, nos fuimos las dos quitando la ropa, haciendo yo todo lo que iba haciendo ella, sintiendo que me gustaba y me enloquecía bailar de aquella manera, con aquella melodía rítmica y caliente, con los tambores que me hacían dar pequeños saltos y sí,  fue superexcitante desnudarme delante de los dos africanos notando como los ojos de ellos nos seguían desorbitados.
Y, así, poco a poco, nos fuimos quitando la camiseta, la parte de arriba del bikini, soltando lentamente las cintitas y sacándonosla poco a poco, hasta que nuestras tetas como peras quedaron rectas al aire... 

Como en la playa ya sólo llevábamos la braguita, la pequeña braguita del bikini, dos trocitos de tela, una delante y una detrás y unas cintitas para unirlas…. Los dos senegaleses empezaron a gritar, con un rugido de leones enloquecidos. Yo continué imitando lo que hacía Paula. Empezó, y yo también, a bajarse muy poquito a poco la braguita del bikini, siguiendo el ritmo de los tambores, primero por un lado, después el otro lado, dar media vuelta, bajarla por detrás, dejar desnudas las nalgas, dar media vuelta con el culo al aire… Bajar muy lentamente la parte de adelante, el pubis y el sexo libres, la raja con los pelitos alrededor, dejar caer la braguita a los pies, ya estábamos desnudas del todo, yo notaba que la cara me ardía, Paula, igual que ellos antes, le tiró su braguita a Wukbo , que la cogió sonriente y se la llevó a la cara, y, claro, yo no tuve más remedio que tirarle la mía a Kengwo, sentado junto al otro negro allá en la sillas que quedaban en la penumbra de la luz roja de la habitación. Wukbo se puso en pie mirando a Paula desnuda, mientras yo notaba los ojos de Kengwo clavados en mí…
Sí, los dos leones estaban delante de nosotras, como expectantes, como si no acabasen de creerse que por fin nos iban a follar, sin atreverse a tirarse ya sobre nosotras. Entonces me fijé obsesionada en las dos pollas gigantes que salían del vientre de los dos africanos, y Paula hizo lo mismo.  Noté entonces que una mano fuerte y sudorosa, la de Kengwo, tiraba de mí, arrastrándome. Yo empecé a dudar, pero me hizo un gesto de que callase y le siguiese.

Me llevó hasta la cama, era muy grande, de las de matrimonio, e hizo que yo me acostase. Empezó a costarme respirar. Me di cuenta de que Wukbo  estaba depositando a Paula al otro lado de la cama. Aquello iba a ser realidad, había sido un juego perverso y divertido para excitar los dos africanos, pero ahora ya no era un juego… Bueno, pensé, tantas veces imaginándome esto y llegó el momento, hasta ahora es muy divertido, vamos a hacerlo todo, ya sabíamos que ellos venían a eso, a follarnos,  y no hemos dicho que no. Quedamos las dos en la cama, desnudas, mirando el techo, con sólo la luz roja dándole una tenue iluminación a aquella habitación, el puticlub, como decían ellos…
Ahora no había duda, estaba claro, no hacía falta pensarlo mucho, los africanos entendían perfectamente que Paula  y yo no haríamos nada si venían a tirarse encima de nosotras, estábamos inquietas y anhelantes en las camas, pero yo empecé ahora a no estar muy segura de lo que iba a pasar enseguida, aunque me enloquecía la idea de sentir de una vez a Kengwo desnudo encima de mí, comenzó a asustarme pensar que aquella cosa tan grande, su enorme polla, se iba a meter en mi vientre en cuanto él quisiera..
Yo sabía que algún día sería el primero que follaría con un tío,  pero  ahora que había llegado el momento me puso nerviosa aceptar que sí, que ya tocaba, que era ahora,  con aquellos dos negros que estaban tan excitados porque nosotras habíamos jugado con ellos a provocarlos con nuestros cuerpos adolescentes y nuestra erótica danza afrocaribeña hasta quedar completamente desnudas igual que ellos…
De todas maneras, la verdad es que reconozco que no hice el más mínimo gesto de oponerme, me quedé igual que Paula, desnuda y quieta en la cama, y las dos nos tomamos de la mano, deseando y temiendo que los dos negros se decidiesen de una vez a venir a estar con nosotras en la cama.
Oí murmullos, y la voz de Kengwo diciéndole algo a Wukbo en su lengua africana riéndose los dos. Delante de mí, al lado de la cama, se dibujó el cuerpo desnudo de Kengwo, de pie a la altura de mi cara. Se le veía hasta la mitad de los muslos, iluminado sólo por la tenue luz roja. Me fijé en su polla ahora cerca de mí, tan recta, tiesa y erguida como antes, él sonreía y me miraba con una especie de fuego en los ojos. Su barba de dos días y su barriga le daban aspecto de un gordo y pervertido demonio tropical.
Se inclinó sobre mí, hice un poco de espacio corriéndome hacia el centro, acercándome a Paula, y, a poco, Kengwo estaba acostado, de lado, junto a mí.
Nuestros cuerpos se tocaban, y pensé que su pene debía de estar muy cerca de mi cuerpo. Yo no podía moverme, estaba como paralizada, y apreté la mano de Paula, que me contestó apretando la mía, cuando sentí que Kengwo me agarraba una de las tetas y la apretaba con la mano.

Casi sentí terror, era el primer hombre que tocaba mi cuerpo de esa manera. Supuse que Wukbo  estaba al otro lado haciendo lo mismo con Paula. Kengwo me besó, apretó sus gruesos labios en los míos, era la primera vez también que un hombre me besaba de verdad, fuera de los juegos tontos con los compañeros de clase,  noté que me gustaba, que no me daba asco, como había pensado muchas veces, que era agradable, le dejé que continuase besándome, los pelos de su barba me rascaban la piel de la cara pero me gustaba sentirlos, y luego apreté mis labios en los suyos, él notó que ahora yo le estaba besando a él, y supongo que lo interpretó, sin equivocarse, que era como mi autorización para que siguiese adelante con lo que quisiese hacerme.

Kengwo, al tiempo que me besaba, empezó a acariciarme los muslos, por fuera y luego por la parte de dentro, me gustó mucho sentir su mano caliente allí, y luego sentí sus dedos paseando, -¡ay!-  por encima de mi sexo, jugando con los pelitos y enseguida dejando ir levemente alguno de sus dedos dentro de allí. Yo empezaba a estar muy divertida conmigo misma, aquello que me estaba haciendo el negro me estaba gustando y excitando mucho, quería que siguiera…. Poco a poco noté que se deslizaba encima de mí, sintiendo su peso en mi pecho, en mi vientre, al tiempo que me separaba los muslos y se colocaba en medio. Yo seguía apretando la mano de Paula. Giré la cabeza un poco y vi a Wukbo mirar a Kengwo y colocarse encima de Paula como él había hecho encima de mí.
Kengwo me besaba en la boca, el cuello, me lamía, me chupaba los pezones de los pechos, me los mordía sin apretar demasiado los dientes - ¡qué sensación increíble cuando lo hacía!-, todo aquello me gustaba mucho, especialmente cuando se bajó hacia mis muslos y estuvo bastante tiempo lamiéndome el sexo y metiendo su lengua en él, haciéndome gemir de placer, parecía que el senegalés sabía lo que tenía que hacer para que yo me lo pasase bien, la lengua buscó y encontró mi botoncito, mi clítoris, oooohhh, cada vez era más claro que estaba acostumbrado a acostarse con chavalas como nosotras, se le notaba muy seguro, yo sé que los chicos y chicas de su país follan desde muy jóvenes, son muy expertos en eso,  a mi me enloquecía sentir su cuerpo encima de mi,- y pesa bastante, ya he dicho que está demasiado gordo, pero me encantan los chicos gruesos y divertidos- su vientre, su barriga, aplastados en el mío -allí debía de estar también su polla-, su pecho chafando mis tetas…

Y noté, de pronto, que algo se metía en mi sexo. Pensé que eran los dedos del negro, como antes, pero, no, no podía ser, claro, sus dos manos estaban en mi cuerpo, aquello que se metía, aquello que se metía, sí, claro, aquello que estaba penetrando en mi vientre, no era ningún dedo, era mucho más grande, era, era, ¡sí!, ¡era aquella polla enorme que salía del vientre de Kengwo! ¡Oh, sí! ¡Era su pene ya! Como un relámpago me di cuenta lúcidamente de lo que ya estaba pasando, de que Kengwo me estaba desvirgando, que había empezado a introducir su pene en mi sexo, que nosotras estábamos jugando divertidas a excitarles pero los dos africanos iban a por nosotras de verdad, que me estaba penetrando, que aquel pene grande y duro del negro ya estaba entrando en mi vientre, el senegalés había empezado a violarme… 

Y, cuando me estaba dando cuenta de aquello, de pronto, sin que pudiese pensar en nada, sin poder llegar a reaccionar, una sensación como un rayo fulminándome, un pinchazo en mi vientre, como si una tijera me hubiera cortado algo o una aguja se hubiese clavado dentro de mí. Dejé ir una especie de alarido, que era entre un grito de sorpresa y un gemido desgarrado de dolor, mi cuerpo se sacudió y se estremeció, tiré la cabeza hacia atrás, apreté mis labios, agarré con mucha más fuerza la mano de Paula, que debió de darse cuenta de lo que me acababa de pasar, volví a quejarme y gemir, y noté como el pene del negro seguía entrando en mi vientre hasta lo más hondo de mi sexo, era enorme, muy grande, y me hizo daño, mucho daño mientras profundizaba dentro de mí. 

Era como si algo me desgarrase, como si unas grandes tijeras me cortasen por dentro. Entonces grité más fuerte. Era un aullido de dolor y pánico e intenté moverme, liberarme del africano, separarme de él, pensé de nuevo aterrorizada que me estaba violando, noté que unas garras me sujetaban con una fuerza impresionante, de manera que no pude moverme, él me paralizó con toda su fuerza mientras acababa de meterme su polla en mi vientre y la movía dentro de él.
Sí, Kengwo ya había introducido todo su pene, todo aquel miembro enorme dentro de mí, me lo había clavado hasta lo más profundo, me había roto el himen, me acababa de desvirgar…Y me hacía daño, mucho daño, pero ahora no podía gritar porque la mano del senegalés me tapaba la boca mientras me follaba cada vez con más violencia…

Y sin poder prestar atención, sentí a mi lado un grito escalofriante, muy fuerte, como si a alguien acabasen de hacerle también mucho daño, casi sin poder pararme a pensarlo, aterrorizada, me di cuenta de que era Paula, de que acababa de pasarle lo mismo que a mi, que el otro senegalés, Wukbo, le estaba metiendo su polla, aquella gruesa banana, en su vientre desvirgándola, y que le hacía daño, mucho daño, igual o más que a mi, porque Paula siguió dando gritos, hasta que noté como si se le ahogase la voz, supongo que Wukbo le estaba tapando la boca para que no gritase más, como había hecho Kengwo conmigo, y, ahora, después de desvirgarme y de meter toda su polla en mi vientre,  me metió la lengua en mi boca, me lamió la cara, me mordió el cuello, me chupó. apretó y pellizcó las tetas y los pezones, me hizo todo aquello que había notado que me gustaba que hiciese, y empezó a moverse arriba y abajo, y yo notaba que su pene entraba y casi salía de mi sexo, entraba y salía, me dolía, entraba y salía, penetraba más profundamente y casi volvía a salir, a mi me empezaba a gustar sentirlo, aunque seguía doliéndome cada vez que entraba y salía, era como un extraño dolor excitante notar la polla del negro que me estaba follando moverse adelante y atrás dentro de mi vagina, especialmente cuando parecía llegar al fondo, yo notaba todo el peso de su cuerpo encima del mío, moviéndose arriba y abajo, sacudiéndome a mí al moverse él, se aplastaba contra mí, me chafaba con su peso, no podía respirar, me ahogaba, se movía, me continuaba besando, mordiendo, me gustaba, los dos sudábamos a mares, y yo, y yo, oooooh…

Oí los  gemidos de Paula, su mano apretó fuertemente la mía, casi me clavó las uñas, dejó ir más gritos de dolor, y me di cuenta de que aunque Wukbo le estaba haciendo lo mismo que Kengwo a mi, tal vez le había hecho algo más de daño al desvirgarla, porque Paula continuaba gimiendo, como si le hiciese daño, a mi también me hacia daño, pero ya casi no me quejaba, era ya más la excitación y el placer de sentir el pene del negro moviéndose dentro de mi vientre que el dolor, a veces apretaba los labios cuando su polla llegaba hasta el fondo de mi vientre y me dolía, pero al mismo tiempo, me desesperaba al sentir que también me estaba gustando cada vez más sentir su miembro dentro de mi, el peso del hombre frotándose sudoroso en mi cuerpo mientras se agitaba frenéticamente sacudiéndome hacia arriba y abajo como si fuese una pluma…

 Kengwo continuaba follándome como si fuera un animal, como aquellos perros desmadrados que yo había visto a veces haciéndoselo en algún parque ante el horror de las madres que tenían a sus niños jugando por allí, y Wukbo  también estaba tirándose a Paula de la misma manera, jadeando y gritando como si fuese una bestia salvaje enloquecida….
Paula volvió a gemir, giré un momento la cara, vi a su violador moviéndose encima de ella igual que Kengwo encima de mí, hacía lo mismo, metérsela y casi sacársela, metérsela más adentro y afuera otra vez, adentro y afuera, como Kengwo continuaba haciéndome a mi… Los dos africanos gruñían y gritaban de placer como animales, parecían haberse transformado en unos monstruos desconocidos, eran como seres salvajes con caras distorsionadas que nos estaban devorando incluso ya ahora con mordiscos reales cada vez más fuertes en las tetas, el cuello, los brazos…
Paula volvió a gemir, pero ahora era ya una especie de sorprendente ronroneo como el de una gata en celo, ya no parecía sólo un quejido de dolor, sino una mezcla con algo que le estuviese gustando mucho, como aquellos grititos sordos que se te escapan cuando por las noches te tocas en la cama… Giré de nuevo la cabeza, y vi como Paula abrazaba el cuerpo de Wukbo moviéndose igual que él, pasando una mano por su espalda y apretando el culo del negro contra su vientre con la otra, al tiempo que lo besaba y seguía  gimiendo y jadeando. Parecía que Paula se lo estaba pasando ya superguay, que aquello le estaba gustando muchísimo…
Entonces yo hice lo mismo.  Me abracé a Kengwo, que continuaba moviendo su polla dentro de mi vientre cada vez más salvajemente, respiraba como si le faltase aire, le besé, le mordí el cuello, apreté su culo contra mi vientre, casi hasta hacerme daño cuando me la metía hasta lo más profundo, me moví arriba y abajo, arriba y abajo, adelante y atrás, adelante y atrás, acompasando mis movimientos a los suyos. Era formidable, sí, fantástico, la polla del senegalés no dejaba de moverse dentro de mí, frotándose contra las paredes de la vagina, entrando y saliendo, entrando y saliendo, Kengwo jadeaba, me miraba con los ojos desorbitados por una expresión bestial agónica,  cerraba los ojos, me bañaba con su sudor, yo también sudaba, me gustaba mucho, no puedo explicar bien con palabras lo que sentía…
Inesperadamente, de golpe, como un rayo, Kengwo dejó ir un grito más alto, una queja desesperada, después un aullido animal, como si algo explotase dentro de él… Se quedó quieto un momento, su cuerpo se puso rígido, duro, y luego empezó a moverse encima de mi frenéticamente, muy acelerado, sacudiéndome como una muñeca de goma, a mi me gustaba mucho, parecía que él ya no podía respirar, su polla entraba y salía de mi sexo a gran velocidad, me movía y me aplastaba como si veinte caballos estuviesen galopando furiosos encima de mi, gritaba y aullaba, pero a mi cada vez me gustaba más, me maltrataba pero era una excitación tremenda para mí, y el negro parecía como si se ahogase, como si su grito fuese la agonía de una bestia moribunda, y yo noté entonces, sorprendida, que cada vez que ahora él pegaba el salto hacia adelante, clavándome su pene hasta lo más hondo, un líquido muy caliente me entraba a borbotones, como si brotase de una  fuente que estaba inundando el interior de mi vientre, me notaba mojada, un río de lava se movía por el interior  de mi cuerpo…  
Sí,  Kengwo, se estaba “corriendo” -como dicen los tíos-, dentro de mí,  había llegado al orgasmo y yo, no puedo explicar bien con palabras lo que sentí, clavé mis uñas en el cuerpo del negro, y también exploté, reventé, gemí, me quejé, me puse a jadear, me moví tan rápidamente como el negro, le besé, le mordí, era como si mil caballos cabalgasen furiosos también dentro de mi, no podía respirar, y aquello seguía, seguía, que ahora era yo quien sacudía al africano al moverme… 

Hasta que empecé a quedarme quieta, en reposo, poco a poco, casi ya no me movía, el senegalés estaba jadeando tumbado como paralizado a los dos nos costaba respirar, estábamos bañados en sudor, yo le estaba acariciando la cabeza, estaba mojada por dentro y por fuera, un líquido caliente se movía dentro de mi cuerpo y se escapaba de la vagina hacia la sábana y los muslos, él estaba ahora como dormido, como muerto, pero no me molestaba, me gustaba sentir el tremendo peso de su cuerpo encima del mío… Al lado, ahora me daba cuenta, se oía a Wukbo  y a Paula gemir, gritar, jadear, moverse, movían la cama como nosotros antes, sí, ahora ellos también habían explotado como nosotros hacía unos momentos, Wukbo se estaba corriendo dentro de Paula, a ella le estaba gustando tanto como a mí… Es imposible que más…

Todo fue quedando en silencio, ya no se oían ruidos, continuaba la luz roja iluminando tenuemente la habitación,… Se oía nuestra respiración aún dificultosa, Kengwo estaba medio dormido y lo aparté un poco, hice que se pusiese de lado para poder respirar mejor, su peso me seguía aplastando, sentí como su pene salía de mi sexo al moverse, se quedó pegado a mi, puso su mano en mi sexo y se dedicó a chuparme la teta que le quedaba más cerca de la boca, después la otra, yo me atreví -¿por qué no?- a coger su pene con la mano, a palpar sus testículos, a él pareció gustarle porque dejó ir una especie de ronroneo, pero cuando me fui a dar cuenta se había quedado quieto, giré mi cara para buscar la suya y vi que se había acabado de dormir totalmente, su aliento a tabaco y cerveza daba en mi cara y mis labios, el calor de su cuerpo cubría el mío, llevé su mano a mi sexo y la dejé allí, me toqué, me toqué allí y en los pechos, me pellizqué los pezones…
Entonces noté a mi lado la vocecita de Paula, como para no despertar a los tíos -sí, el suyo, Wukbo  también estaba dormido-, y me dijo que nos teníamos que despabilar…


Yo no la acabé de entender y le dije que estaba bien así, que me dejase, que me estaba durmiendo… Entonces ella me dijo a la oreja que bueno, que allá yo, que ya sabía lo que podía pasar… La entendí, como una revelación súbita, sí, claro, estábamos las dos mojadas por dentro, teníamos dentro la leche -como le decían ellos-, que había salido de la polla de los tíos, teníamos que actuar para no correr el riesgo de quedarnos preñadas con sus ríos de semen senegalés… 

Me levanté sigilosamente y de la mano de Paula, desnudas las dos, salimos de la habitación sin hacer ruido y nos fuimos hacia el cuarto de baño… A la luz del comedor, nos miramos, vimos como en el sexo teníamos una extraña mezcla de sangre y semen, un río blanco brotaba de nuestro vientre y bajaba muslos abajo por las piernas,  nos dimos un besito y nos reímos como locas. 

Estábamos cubiertas de sudor, olíamos al cuerpo de los dos africanos, a aquel  fuerte perfume que utilizan,  al semen que desbordaba nuestra vagina… Sí, las dos lo habíamos hecho por primera vez, y lo habíamos pasado tan bien, había sido tan guay…

A ella también le había hecho mucho daño, igual que a mí, -cuando oyó mi grito antes de que su senegalés se la metiese a ella sintió pánico, intentó salir de la cama,  pero él no la dejó moverse y la trabó de forma que no podía hacer nada, se notaba que estaban acostumbrados a sujetar a chicas que sentían, como nosotras, pánico cuando las iban a desvirgar-, cuando Wukbo la folló, pero duró muy poco, después fue tope divertido, le pareció fantástico, maravilloso, tremendo, inolvidable,  igual que a mí…

Después de bañarnos Paula abrió el botiquín y sacó dos pastillas de levonorgestrel, su madre había puesto unas cuantas hacía tiempo en el botiquín para que, según le dijo, el día que follase, las tuviese a mano preparadas y no se quedase preñada. Admiro a la madre de Paula, la mía nunca me diría que había comprado pastillas para que me las tome cuando me follen. Nos tomamos una cada una, salimos, y los africanos ya se habían vestido sin ducharse, estaban en el comedor medio dormidos mirando la tele, su mirada era turbia y olían a sudor y al fuerte perfume que se habían puesto para el baile, pero nos sonrieron de una manera muy puerca y maliciosa, con aire de victoria y suficiencia cuando nos vieron llegar.
Los saludamos, pasando delante de ellos desnudas, y fuimos a la habitación que ellos habían llamado el puticlub a vestirnos. Ya lo habían desmontado todo, era como si no hubiese pasado nada. 

La cama estaba medio hecha, pero la abrimos y vimos en las sábanas las manchas de sangre y semen, de cuando los dos negros senegaleses nos desvirgaron. Las sacamos para lavarlas, claro, e hicimos bien la cama con sábanas limpias.
Estuvimos, ya vestidas, un rato sentadas con ellos en el comedor, acariciándonos y dándonos besitos.  Wukbo  dijo que era tarde, que tenían que irse… Antes de irse, quedamos con los dos africanos en encontrarnos mañana a las diez en la casa de Paula. No sé si primero iremos a la playa o sí querrán que volvamos a follar nada más lleguen, la verdad es que tengo ganas de volver a hacerlo, cada vez que lo recuerdo, cada vez que pienso en Kengwo encima de mi moviéndose con la polla dentro de mi vientre, follándome, me toco, me excito de una forma increíble pensando en él desnudo follándome y siento que quiero que me lo haga otra vez cuanto antes… Paula ha venido después conmigo a mi casa, mi papá nos ha preguntado si lo habíamos pasado  bien, le hemos dicho que sí, que mucho, que ha sido fantástico, y nos hemos reído.  Él nos ha dicho, al no entender nuestras risas, que estamos locas.
Nos hemos mirado y nos hemos vuelto a reír, mordiéndonos la lengua para no estallar en carcajadas histéricas. Si mi padre supiera lo que hemos hecho hoy… Luego, en mi habitación, nos ha dado un ataque de risa, Paula me ha explicado todos los detalles de cómo se lo ha hecho Wukbo  y yo todos los detalles de cómo me lo ha hecho Kengwo. Le he dicho a Paula: que putas que somos, ¿no?, nos ha encantado que nos desvirguen y follar con los negros y queremos repetir ya mismo…  Y nos hemos puesto a reír, aunque, eso sí,  nos hemos tomado un paracetamol, las vaginas nos siguen molestando, habíamos visto por internet que hay africanos con pollas grandes y otros con más normales, y a nosotras nos había tocado desvirgarnos con dos de las grandes… Aunque duele, ha sido chulo, nos volvemos locas recordándolo… Y más enloquecedor es saber que seguro que repetimos mañana… Tendremos que comprar más pastillas de aquellas, claro…